Después de más de 2000 años dedicados a la minería, los vecinos de Almadén buscan alternativas que frenen la diáspora de sus jóvenes.
Escondido tras la espesa niebla que suele acompañar las mañanas de este rincón de Castilla-La Mancha, llego a Almadén. Allí emergen ante mis ojos sus casas blancas y los redondeados cerros que ocultan su rico subsuelo. Desde lo alto del Castillo de Retamar aprecio los campos andaluces y extremeños y la cuesta que da acceso al Cerco de San Teodoro, vigilada por la puerta de Carlos IV, donde ya no hay rastro de los más de 400 trabajadores que cada mañana subían hasta la mina.
Los niños de hoy no estudian en sus libros de texto, más preocupados de insignificantes localismos, esta gloriosa localidad minera. Los más mayores aprendimos que era el yacimiento de mercurio más importante del mundo. Aunque de eso no hace mucho, ahora sólo suben hasta la mina los autobuses cargados de curiosos excursionistas que quieren visitar el Parque Minero, excepcional museo para conocer la historia de Almadén, una historia tapada bajo la tierra.
Han sido más de 2000 años de actividad minera que ahora buscan el relevo en otra actividad. En 2002 se clausuraron las minas por la caída del precio del mineral y por la elevada toxicidad que provoca hidrargirismo, la conocida enfermedad del azogue. Un tercio de todo el mercurio utilizado en la historia de la humanidad ha salido de Almadén pero, aunque las minas no están agotadas, ya no es rentable extraer un mineral prescindible y contaminante para el mundo actual.
Ahora toca buscar alternativas que frenen el éxodo demográfico que le ha hecho perder el 60% de la población que tenía a mediados del s. XX. Son muchas las acciones que están emprendiendo las administraciones de todo ámbito para hacer frente al desempleo y a la despoblación. Fruto de este esfuerzo por reinventarse es el reconocimiento que le ha otorgado la UNESCO a Almadén como Patrimonio de la Humanidad, valorando su capacidad minera y subrayando su ejemplo único como explotación de este metal líquido durante más de 2000 años.
Atrás quedaron siglos de exitosa actividad económica, de galeones cargados de mercurio hacia América, de riqueza ganada con el esfuerzo de quien muerde su tierra en el trabajo diario. Hasta en dos ocasiones a lo largo de la historia de España, las minas de Almadén fueron la salvación a una segura bancarrota del Estado. Primero fue bajo el mandato de Carlos I, quien entregó la concesión de la explotación a los prestamistas alemanes Fugger a cambio de partidas de oro y plata procedentes de América. Posteriormente, ya en el siglo XIX, fueron los Rothschild quienes acudieron al rescate para financiar los ímprobos gastos que las guerras carlistas generaban a España.
Ahora es el momento en el que las políticas de ayuda contra la despoblación del mundo rural tienen que devolver a Almadén parte de lo que nos ha dado. El pueblo ya se ha puesto manos a la obra con iniciativas como Monte Sur, Asociación para el desarrollo de la Comarca de Almadén, que realiza una importante labor para impulsar la mejora socio-económica de la zona a partir de los recursos locales y del respeto al medio ambiente. Estas asociaciones se encargan de canalizar las ayudas procedentes de la Unión Europea (proyectos LEADER), de la Administración General del Estado y de la Junta de Comunidades de Castilla- La Mancha, Del trabajo conjunto de éstas nacen iniciativas como el “Parque Minero”, o el “Polígono industrial de Pozo de las Nieves”, diferentes estrategias para el desarrollo local, por un lado el turismo y, por otro, la iniciativa empresarial privada que detenga el éxodo de sus vecinos.
Estas iniciativas deben ir de la mano de una mejora en las comunicaciones. Alejados de una vía férrea moderna y paralizado el proyecto de autovía Valencia-Lisboa que pasaría por la localidad, los almadenenses tienen que salir en busca de mejores servicios y ocio por carreteras nacionales hasta la capital provincial, Ciudad Real, a 107 kms. o a la vecina Córdoba, a tan sólo 125 kms.
Cae la tarde y deshago el camino andado. Pronto me doy cuenta de que mi visita ha merecido la pena. Charlar con sus gentes y escuchar sus entrañables testimonios me hacen ver que, en esta esquina castellano-manchega, en la que se pierden las esencias de Castilla y es difícil encontrar los paisajes manchegos, en la que ya aflora la hospitalidad y la alegría andaluza de sus gentes y aparecen los olores y colores del campo extremeño, merecen una segunda oportunidad que rescate del olvido a Almadén, la cuna mundial del mercurio.