Apartado del mundanal ruido que producen las grandes urbes, en un rincón de la sierra más lluviosa de la península ibérica, escondida entre las montañas interiores de la única provincia bañada por aguas mediterráneas y atlánticas, justo ahí, se asoma, desde su privilegiado balcón orográfico, Villaluenga del Rosario. Desde esa atalaya observa a oriente y a poniente qué rápido transcurre el mundo. Pero aquí, en “El pueblo” parecen detenerse las manecillas del reloj para correr a un ritmo más humano, más propio del que se vive en las recónditas cuevas de origen kárstico que existen por todo el término municipal y que ya fueron utilizadas por bandoleros y maquis. Es aquí, en este olvidado enclave, oculto en su belleza interior, donde emerge el pueblo más alto y menos poblado de la provincia de Cádiz.

Villaluenga del Rosario nos espera erguido, con su majestuosa blancura a los pies del Navazo Alto, rodeado de pinsapos y autóctonas ovejas cuidadas con mimo por los villaluengueses, más conocidos como payoyos. Todo transcurre con calma en este ejemplo de adaptación al medio, de vida a escala humana. Los vecinos viven con orgullo glorias pasadas que la convirtieron en capital del señorío de las siete villas (Benaocaz, Grazalema, Ubrique, Archite, Cardela y Aznalmara. Hoy, se conforman con ser el más pequeño de los pueblos de la comarca.

El pueblo ha mostrado una especial adaptación al paso de los años. Su excelente ganado hizo que este recóndito enclave gaditano contara, en pleno s. XVII con una excelente industria textil. Prueba de ello es que las tropas de Felipe IV se vestían con uniformes fabricados en Villaluenga.

Pero no sólo destacaba por los tejidos de sus ovejas. El excelente terreno arcilloso convirtió a Villaluenga del Rosario en un referente de la fabricación de tejas y ladrillos. Los dos hornos que no dejaban de exhalar humos ya están apagados. Ahora el pueblo intenta frenar la despoblación reinventándose. Pero los milagros no existen y para hacerlo buscan en los mismos manantiales que antaño: la ganadería y la tierra, los pilares básicos de la fisiocracia. Y es aquí donde ha encontrado su verdadero filón, su fuente de vida: la fabricación del delicioso Queso Payoyo, nueva forma de convertir en riqueza las ovejas autóctonas que campan por estas sierras. Pero también miran al suelo. Un suelo horadado por la meteorización con formas caprichosas que se convierte en parque temático de espeleólogos y amigos de las rutas de cuidados senderos. Aquí en las inmediaciones del pueblo está la Sima de Villaluenga, junto con otras cavidades de la zona como son la de Yedra, con arte rupestre, o la sima del Republicano apreciada por los deportistas y que recoge su nombre de su pasado como refugio durante la Guerra Civil.

Ahora, la Federación Andaluza de Espeleología tiene la sede de su Escuela en la localidad y organiza actividades, competiciones y cursos durante todo el año.

Pero algo tendrá Villaluenga para ser elegida siempre, a pesar de su estrecha y larga presencia física, como ejemplo de espacio envidiado por pobladores y estudiosos.

Desde el Paleolítico está habitada y se resiste a dejar de estarlo.

Algo tendrán estas gentes para ser objeto de las miradas de nuevos pobladores. Hombres prehistóricos, prerromanos, árabes y cristianos. Pero no sólo pobladores, sino curiosos que quisieron ver en sus costumbres, sus tradiciones y su hospitalidad el sitio perfecto para realizar un estudio sociológico que ha sido el que ha incitado esta nueva entrada en el blog “La España Despoblada”.

Esa joya de reportaje, realizado para que los australianos nos conocieran en los años 80, ha permitido, gracias al impresionante trabajo de investigación del gestor cultural de la Universidad de Cádiz, Antonio Javier González Rueda, que nosotros nos reconozcamos por medio de este espejo del tiempo que nos traslada 40 años atrás. Sin duda, para la generación de los niños del reportaje, en la que yo también me encuentro, es emotivo, gratificante y maravilloso rememorar en imágenes nuestra infancia. Estos días, a través del libro y de los reportajes, tanto el australiano como el de Topofilia, he podido recordar juegos de infancia que ya casi tenía olvidados (el pañuelo), los eternos moños de las abuelas (jamás ví a las mías con otro peinado que no fuera ese); el mobiliario de las casas de esas épocas, la sencillez de sus gentes, el discutido paisanaje, con sus rostros tatuados de arrugas de tiempos difíciles; las furgonetas de ventas ambulantes que te despertaban con mensajes imposibles de entender para un niño urbano; los postigos por los que asomaba, a veces de forma casi oculta, el rostro de potenciales paparazzis, que luego publicarían sus nuevas en veladas de vecinos al fresco; las marcas de la época, el bálsamo de Floïd, la colonia de Varon Dandy, o los helados de Camy. Como bien indica Antonio Javier González, el reportaje “es el acta de defunción de un modo de vida”.

Siendo todo esto muy emotivo, para mí, el trabajo de investigación tiene el encanto de describir formas de vida que consideramos “puras” pero que, como apunta mi buen amigo Antonio Javier González Rueda, responsable de recuperar el reportaje y autor del libro “El pueblo y yo”, sufren la paradoja de no ser el objetivo de nadie. Los padres quieren que sus hijos prosperen y tengan éxito profesional. Los hijos sueñan con oficios alejados de los pueblos. El destino siempre es la ciudad. Es una lucha muy desequilibrada. Sólo circunstancias impensables hasta la llegada de la pandemia de COVID19 pueden alterar este panorama desolador de despoblación y abandono rural. Las opciones de teletrabajo, las mejoras en los servicios públicos dejando de lado aspectos como la rentabilidad, el valor de lo ecológico, la importancia de la tierra que defendía François de Quesnay, el cuidado del medio ambiente, la mejora en las comunicaciones…, pueden devolver el péndulo demográfico hacia una sociedad más racional, alejada de los 2 háb/km2 de Soria (igual que en Laponia), y del Madrid que supera los 800.

Creo que fueron los recuerdos de mi infancia en el pueblo los que me hicieron apreciar el valor de lo sencillo, las largas noches con los vecinos al fresco y las duchas en básicos barreños de zinc con agua del pozo. La cercanía de las gentes, los madrugones para encalar las fachadas antes de que el sol calentara, los cines al aire libre. Esos recuerdos que se agolpan en mi cabeza de veranos de libertad en el pueblo no se pueden perder.

Las iniciativas de la administración tienen que apostar fuerte por la vida rural. El lince de la despoblación rural merece el esfuerzo de todos para alcanzar objetivos que eviten su desaparición. La especie rural necesita que todos nos pongamos a encalar antes de que el sol del abandono apriete.

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