Aguilafuente propone un futuro de turismo interior y opciones de vida tranquila en medio de pinares y sobriedad castellana


“A la capital hay que ir, pero no irse”, este es el lema, grabado a fuego, con el que Aguilafuente arranca este siglo. La excelente ubicación de la cuna de la imprenta en España, permite ofrecer servicios a pocos kilómetros a cambio de tranquilidad y calidad de vida.
Entre un mar de pinares, los olores a resina me conducen hasta Aguilafuente. Aquí Guttemberg se hizo presente, o al menos su magistral invento. No fue él, sino el impresor alemán Juan Parix, quien reclamado por el obispo de Segovia, Juan Arias Dávila, le encargó que imprimiera los acuerdos que salieran del Sínodo convocado en 1472 en la iglesia de Santa María de Aguilafuente. Así nació el primer libro impreso en España.
Esta zona castellana, a orillas del Cega, ya fue del interés de los romanos, quienes la eligieron para asentarse en el s. IV d.C. Así se ha podido comprobar en los estudios realizados a partir de las excavaciones hechas a las afueras del pueblo. Se trata de la única villa romana de la provincia con importantes hallazgos, como los maravillosos mosaicos que se pueden visitar en el Aula Arqueológica de Aguilafuente.

Sin duda, Aguilafuente cuenta con un pasado glorioso que no siempre se ha difundido con la fuerza necesaria. La sobriedad y firmeza castellana, tan alejada de fastos y alharacas, puede tener mucho que ver con esto. Los pinares han sido su modo de vida hasta la última mitad del siglo pasado. Fue en los años 6o cuando cerró la última fábrica resinera y, aunque la crisis ha devuelto el gusto por recuperar esta profesión, Aguilafuente hoy vive de la agricultura y la ganadería.
Las buenas comunicaciones de las que dispone por su privilegiada situación geográfica: a 135 kms. de Madrid, a 36 kms. de Segovia, a 85 kms. de Valladolid y a pocos kilómetros de la autovía de Pinares, que une Segovia y Valladolid,  la han convertido en reclamo de turistas de interior y retiro de emigrantes huidos a la capital.
En Aguilafuente el turismo rural nutre al viajero y da alimento al pueblo. Las posibilidades para pernoctar son amplias gracias a sus acogedoras casas rurales. Su excelente gastronomía es apreciada por todos y, su envidiable entorno de pinares, carga las pilas del turista urbano con su silencio atronador.

A pesar de la evidente pérdida de población, Aguilafuente se jacta de tener aún servicios imprescindibles para garantizar una excelente calidad de vida a sus menos de 600 vecinos censados. Otros más realistas, como Mariano, de 84 años de edad, que ha vivido toda su vida en el pueblo, me confiesa su queja por la despoblación: “el pueblo tiene cada vez menos vida, se nos van los jóvenes», y lamenta el futuro «no quiero ver morir el lugar donde nací».
Las propuestas de las Asociaciones por el Desarrollo Rural y en defensa de la España vaciada tienen mucho que hacer para que valores como la lucha contra el cambio climático, las condiciones más justas de los precios agrícolas y ganaderas se fundan con la necesidad de la vida sana que aporta el mundo rural.Con buenas comunicaciones y alternativas como la del teletrabajo, que tanta fuerza ha adquirido con la pandemia del COVID 19, hay que exprimir las opciones de repoblación.
Aguilafuente merece que sus vecinos escriban su futuro, ya no con la imprenta que vio nacer su Sinodal, sino con avanzados procesadores de textos y modernos gestores de contenido. Ahí está el reto, huir del manuscrito del olvido.

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